Miedos de infancia


Monstruos, el hombre de la bolsa, ladrones, roperos gigantes a oscuras, encierro, gritos, tías besuqueras, sentarse a upa de una desconocida en el colectivo, perder la plata para el kiosco, perderse.

Mi peor miedo de niña era a los accidentados. En especial ensangrentados, aunque los enyesados no se quedaban atrás.

No sé qué sucedía. Qué misterio me aquejaba. Por dónde venía el asunto. La cuestión es que me aterrorizaban las pobres personas accidentadas. Jamás ninguno me hizo nada, claro está. El miedo y el pavor estaban anidados en mí de todas formas.

Qué extraña situación canalizaría por ese lado. ¿En una vida anterior me habría pasado algo con respecto a eso? ¿Habré sido enfermera en una guerra antigua? O huyendo habré quedado sepultada entre yesos y lesionados? Intrigante.

Pasados los miedos infantiles podía asomarme al Diccionario de ciencias médicas que había en casa, mirando y no mirando fotos de espantosas lesiones de piel. Creo que allí descubrí que peor que una lesión por accidente era tener laceraciones o poros supurantes. Ni que hablar de extrañas inflamaciones.

No leía mucho. Solo las enfermedades que necesitaba para autodiagnosticarme. En conclusión: antes de que existiera Google yo buscaba mis síntomas en un diccionario de Medicina Interna de dos tomos. Así aprendí ciertas cosas y también desaprendí otras supongo.

Misterios de la infancia y las curiosidades.

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