#30diasparaescribirme Día 2: Un viaje fantástico
A los veinte años me sumé a un sueño loco que fue toda una aventura. Trabajaba en una fundación que apoyaba y difundía el género fantástico. El episodio en cuestión se dio cuando organizamos y realizamos (porque se concretó) un viaje a Viedma con numerosos escritores, creadores y representantes del género fantástico.
Llegué a la ciudad de Viedma una semana antes del evento para preparar todo y esperar a los invitados. En la casa de cultura, monté una muestra de historietas curada por un gran escritor y hasta imprimí papelería 'en urgencia'. Los invitados de Buenos Aires llegaban entre el jueves a la noche y el viernes por la mañana. Ese día se realizó la jornada en el Centro Cultural y a la noche subimos al Tren Patagónico con destino a Bariloche.
El tren era solo para nosotros. Lo habíamos alquilado gracias al auspicio de una compañía petrolera. No si, a ustedes, el género podrá parecer poco convocante pero teníamos todo lo que habíamos podido conseguir y más. Haríamos tres paradas: mediodía del sábado en Menucos, tarde en Valcheta y noche (con pernocte) en Jacobacci. Al otro día llegaríamos a Bariloche y volvíamos en micro a Buenos Aires.
Tener éxito en tamaña empresa parecía simple y complicadísimo a la vez. Que en dos vagones camarote, uno pullman y uno turista convivan numerosas personalidades destacadas y no tanto (que muchas veces son los más complicados) era una tarea desafiante. A eso le sumamos un director de cine y un camarógrafo documentando todo y solo cuatro personas organizando.
Yo, tan pequeña, era una de las organizadoras, creo que los reflejos fucsias que tenía en el pelo - por entonces - me sumaban look Sci-Fy pero me restaban autoridad a la hora del descalabro.
Todo se fue desarrollando sobre ruedas (ja) a pesar del cansancio. El último día llego el desastre. Ese domingo el almuerzo se llevaba a cabo en el vagón comedor del tren. Lo que no habíamos tenido en cuenta era que serían necesarios tres turnos de comida para que los sesenta pasajeros pudieran alimentarse.
Había que convencer a bohemios alocados que habían terminado su plato para que dejaran sus mesas a los siguientes. Explicarle eso a personas que suelen estar cuatro horas en un bar con solo un americano en jarrito se transformó en una epopeya. Cada turno era una batalla que yo terminaba perdiendo por enojo.
Hubo un grupo que se ensañó especialmente con la situación y organizó un piquete en la mesa del fondo. Intenté con todas las armas discursivas que tenía moverlos de allí hasta que abandoné la situación extenuada.
Siete días de preparación en una ciudad desconocida, tres días de casi no dormir en un vagón al cual le entraba tierra y frío por todos lados (adivinaron el vagón turista era para los organizadores), un turno de comida que no me tocaba porque faltaban sillas y otras cosas hicieron que esa tarde me transformara en quién no quería ser. Un monstruo espantoso, moqueante, colérico, que no podía parar de echar agua por los ojos y que amenazaba con bajarse del tren en el momento menos pensado.
Logré juntar la suficiente paciencia, y gracias a la comprensión del resto de mis compañeros de viaje, me senté en mi asiento terroso a esperar la llegada a Bariloche. Una vez allí bajamos todos. Era el momento de buscar los bolsos para irse cada uno a su micro. En el conteo final nos dimos cuenta de algo. Los revoltosos de la mesa del fondo se habían ido a sacar una foto al Centro Cívico. Una foto!!! Después de todo lo que había sucedido.
Mi cara fue suficiente como para que mi jefe se diera cuenta que yo necesitaba un pasaje en otro micro. No en aquel en el cual todos volverían como si fuera un viaje de egresados (incluso los desacatados) sino uno para mí. Lleno de extraños que no me preguntaran nada ni esperaran nada de mí.
Así fue. Volví a Buenos Aires sola y descansada. La semana siguiente no trabaje como premio. El viaje había sido extenuante. La aventura definitivamente inolvidable. Estoy segura que será una de esas anécdotas que, en la vejez, le contaré a quién se le ponga delante.

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