Las llaves del molinete

Escaleras de cemento. Peldaños. Bajarlos paso a paso hacia un subsuelo. Una vez ahí, caminar. Caminar entre una multitud. Lentamente. Tratando de no pisarle los talones al que va adelante. Caminar como pisando huevos, para no pisar a nadie.
Apuro, urgencia. La velocidad de la lentitud de la hora pico.

Llega el momento más importante. Enfrentar al molinete. Hay que pasar rápido. No dudar. Porque si no la muchedumbre zombie se enoja, empuja, se queja. Buscar rápido, sacar la tarjeta Sube. Apoyarla en el lector. Que pase. Que tenga saldo. Que el molinete se destrabe. Fluir con la corriente.

La misma rutina todos los días. Excepto hoy. Hoy todo es distinto. Porque en lugar de la tarjeta magnética apoyé las llaves. Las llaves de mi casa. El manojo entero, no una llave en especial. Pasé por el molinete sin darme cuenta. Repitiendo un movimiento aprendido y repetido. Al pasar del otro lado me di cuenta que algo había cambiado. Adelante mío estaba la misma estación de siempre pero distinta. En lugar de estar decorada con indumentaria y elementos de un jugador de futbol había una gran exhibición de espadas. Espadas de todo tipo. Más bien diría, sables. Los reconocí. Son los sables que están exhibidos en el Museo Histórico Nacional de Parque Lezama. ¿Qué hacen los sables acá?

Me acerco extrañado a las vitrinas para leer los nomencladores. Son las mismas vitrinas que estaban en el museo pero vidriadas. Son los mismos nomencladores. Pero hay algo distinto. En el centro de la estación hay una foto de José de San Martín. Algunos transeúntes, al pasar, se besan la mano y la apoyan en la imagen del prócer. Como si se estuvieran santiguándose. ¿Santiguándose frente a San Martín?

Algo raro pasa pero tengo que seguir viaje. No puedo llegar tarde al trabajo, porque no voy a tener explicación racional para lo sucedido. Mejor me subo al siguiente subte por más que no tenga aire acondicionado.

Al bajar en la estación que me lleva a mi oficina me encuentro con una situación similar: está vez esta todo decorado en honor a Mariano Moreno. No es que la estación sea Moreno de la Línea C. Para nada, es que la estación es en honor a quien fue considerado el primer periodista del país. Increíble.

Lo que no estoy seguro es como estará la ciudad. ¿Habrá cambiado algo? ¿Habrá cambiado todo? Al trabajo no puedo faltar de ninguna manera.

Salgo con cuidado temiendo lo que pudiera haber afuera. Aparentemente no hay ningún cambio. Sin novedades en el frente, diría un amigo. Camino las tres cuadras que me separan del trabajo con cautela.

Entro al edificio. Saludo al portero. Subo al ascensor hasta el décimo piso. Al salir del ascensor me cruzo con la recepcionista. La saludo con un beso. Ella me devuelve el saludo cortésmente. Llego a mi escritorio. Enciendo la computadora. Dejo la campera en la silla y me voy a buscar agua al dispenser de la cocina. Todo tranquilo. Nada distinto.
Empiezo a sospechar que me imaginé lo del subte. A pensar que simplemente estaba dormido y eso afecto mi percepción. ¿Cómo se me pudo ocurrir que los próceres fueran celebrados en las estaciones de subte?

Mientras rumeo mis supuestas verdades avanzo hacia mi silla. Sin darme cuenta me cruzo con mi jefe. Me lo llevo por delante, mejor dicho. El tipo es bastante desagradable usualmente. Levanto la cabeza para mirarlo a los ojos, saludarlo y disculparme. ¡Casi grito!

Mi jefe está vestido con el mismo traje horrible de siempre. Pero en su cabeza, combinando con la corbata marrón a rayas celestes, lleva puesto un sombrero falucho. Uno de esos sombreros puntiagudos que usaban los próceres en sus años mozos.

¿Dónde carajo estoy?

Comentarios

  1. Muy bueno todo! un elogio de lectora, no especializada,pero lectora al fin.

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