La milagrosa (Parte 1)
Entró a la oficina sin saber que era lo que iba a ocurrir. La habían llamado el día anterior a su casa para una reunión, pero no le habían dado más explicaciones. – Si quiere conocer al profesor tendrá que venir a la cita a las 14 horas -. Todo resultaba extraño pero nada de eso la hizo pensar que no tenía que ir.
Una mujer de mediana edad, vestida muy correcta, le indicó que se sentara en la sala de espera. Había otras cinco personas en el mismo espacio. Todas mirando hacia abajo, distraídas o leyendo alguna revista vieja que encontraron en la mesa central de la habitación. Las sillas estaban desvencijadas y muy percudidas. Se notaba que habían sido hermosos asientos en su momento. En la pared de enfrente había un cuadro que tenía pintada una yegua de color naranja. El caballo estaba saltando una cerca y parecía que podía caerse del marco en cualquier momento. Siguió mirando para todos lados, observando, registrando, quería irse del lugar con una idea integral de dónde había estado y qué había sucedido. Está oportunidad podía ser la más importante de su vida.
En determinado momento sonó el teléfono en el escritorio de la recepción. La secretaría atendió. Asintió en silencio. Dejó el aparato en su lugar y se paró acomodándose la pollera. Se acercó al grupo que esperaba con una sonrisa y les dijo: Ya pueden pasar. Si me permiten los acompaño. Todos se pararon al mismo tiempo y comenzaron a avanzar por el pasillo. Al llegar a una puerta de madera doble, tipo sala de conferencias, la secretaría la abrió y los invitó a pasar.
La sala tenía una gran mesa central con sillas a su alrededor. El estilo era el mismo que el de la sala de recepción. El estado de los muebles también. Cada lugar, en la mesa, estaba asignado por un pequeño cartel. Se fueron sentando de acuerdo a lo planteado, uno por uno. Tratando de acomodar sus pertenencias en el mejor lugar posible.
Esperaron quince minutos sentados en silencio. De repente, se oyó el picaporte de una puerta que estaba camuflada a la vista y por allí entraron dos personas. Un hombre, seguramente el tan afamado profesor, y una mujer más grande. Se sentaron ruidosamente en la cabecera de la mesa y sacaron unas carpetas y papeles que distribuyeron frente a ellos. Todo estaba listo para comenzar.
El hombre se llamaba Ernesto Sandoval. El Señor Sandoval se aclaró la garganta y se dispuso a hablar: -Cómo ustedes ya sabrán los hemos reunidos aquí para ofrecerles un negocio importantísimo. Una oportunidad única de crecimiento. Con este producto ustedes podrán mostrar al mundo que son alguien en la vida, que tienen visión a futuro y que les importa el bienestar de los demás. Este producto maravilloso los dejará estupefactos, estoy seguro. Pero no quiero seguir dilatando el momento tan esperado. Les presento, sin más preámbulos, a La Milagrosa.
En ese momento entraron varios hombres con bandejas y nos dejaron una caja a cada uno de los participantes. Con su mirada el profesor y la mujer (que aún no se había presentado) nos invitaron a abrir la caja y probar el producto. Se trataba de una crema. Aparentemente, de acuerdo a lo que nos contaban mientras la examinábamos, era una crema capaz de curar cualquier herida, un producto capaz de sanar cualquier cicatriz y calmar cualquier picazón. Una vez que la probamos quedamos todos asombrados. Jamás habíamos conocido un ungüento tan pegajoso. Daba la sensación de que tendríamos que ir a bañarnos para poder sacarlo de nuestras manos.
Comenzó una situación completamente disparatada. Mientras algunos de nosotros tratábamos en vano de limpiarnos la crema milagrosa, otros trataban de escapar directamente de la sala llevándose todo por delante. Había algo en el producto. Algo que no estaba claro. Una sustancia que a algunos les hacía mal y a otros no. La situación se tornó completamente sospechosa cuando una vez que se fueron los primeros los mozos / hombres con bandeja cerraron las puertas de la sala por dentro. Con llave. Ya no había duda para los que quedábamos dentro. Estábamos en una circunstancia atípica, incómoda y peligrosa.
El excéntrico profesor cambió de posición en su silla y cedió la palabra a la mujer que había entrado con él con un gesto de su mano. La señora acomodó sus papeles en la mesa y comenzó a hablar sin parar sobre lo que había sucedido hacía momentos. Nos explicó que la crema era en realidad un resaltador de actitudes personales. Que aquellos que se habían sentido urgidos a irse eran demasiado honestos, transparentes. Que quienes nos habíamos quedado en nuestro lugar, sin ninguna comezón habíamos sido seleccionados para comenzar un nuevo experimento. En ese instante, las puertas se abrieron y entraron otras personas con nuevas bandejas. Frente a cada uno de nosotros depositaron una foto. Era la foto de a quién debíamos engañar, nos explicaron. Era la foto de nuestro contacto al cual debíamos vender la crema milagrosa.
El plan de nuestros anfitriones era distribuir la crema por toda la ciudad. Dejando de su uso fuera marcando quiénes eran dignos de confianza y quiénes no. El producto solucionaba una primera necesidad. Querían crear una colonia en las afueras con personas honestas, querían que juntas pudieran armar una comunidad y querían estudiarlas para ver cómo llevarían a cabo su vida sin mentiras. Para eso necesitaban hacer esa selección. La comunidad sería parte de un reality show oculto, que sería visto sólo por antropólogos y sociólogos. Sería el primer programa de TV producido para académicos. Era un nicho que aún no estaba explotado y muchos productores estaban dispuestos a poner dinero con este fin.(Continuara )
Una mujer de mediana edad, vestida muy correcta, le indicó que se sentara en la sala de espera. Había otras cinco personas en el mismo espacio. Todas mirando hacia abajo, distraídas o leyendo alguna revista vieja que encontraron en la mesa central de la habitación. Las sillas estaban desvencijadas y muy percudidas. Se notaba que habían sido hermosos asientos en su momento. En la pared de enfrente había un cuadro que tenía pintada una yegua de color naranja. El caballo estaba saltando una cerca y parecía que podía caerse del marco en cualquier momento. Siguió mirando para todos lados, observando, registrando, quería irse del lugar con una idea integral de dónde había estado y qué había sucedido. Está oportunidad podía ser la más importante de su vida.
En determinado momento sonó el teléfono en el escritorio de la recepción. La secretaría atendió. Asintió en silencio. Dejó el aparato en su lugar y se paró acomodándose la pollera. Se acercó al grupo que esperaba con una sonrisa y les dijo: Ya pueden pasar. Si me permiten los acompaño. Todos se pararon al mismo tiempo y comenzaron a avanzar por el pasillo. Al llegar a una puerta de madera doble, tipo sala de conferencias, la secretaría la abrió y los invitó a pasar.
La sala tenía una gran mesa central con sillas a su alrededor. El estilo era el mismo que el de la sala de recepción. El estado de los muebles también. Cada lugar, en la mesa, estaba asignado por un pequeño cartel. Se fueron sentando de acuerdo a lo planteado, uno por uno. Tratando de acomodar sus pertenencias en el mejor lugar posible.
Esperaron quince minutos sentados en silencio. De repente, se oyó el picaporte de una puerta que estaba camuflada a la vista y por allí entraron dos personas. Un hombre, seguramente el tan afamado profesor, y una mujer más grande. Se sentaron ruidosamente en la cabecera de la mesa y sacaron unas carpetas y papeles que distribuyeron frente a ellos. Todo estaba listo para comenzar.
El hombre se llamaba Ernesto Sandoval. El Señor Sandoval se aclaró la garganta y se dispuso a hablar: -Cómo ustedes ya sabrán los hemos reunidos aquí para ofrecerles un negocio importantísimo. Una oportunidad única de crecimiento. Con este producto ustedes podrán mostrar al mundo que son alguien en la vida, que tienen visión a futuro y que les importa el bienestar de los demás. Este producto maravilloso los dejará estupefactos, estoy seguro. Pero no quiero seguir dilatando el momento tan esperado. Les presento, sin más preámbulos, a La Milagrosa.
En ese momento entraron varios hombres con bandejas y nos dejaron una caja a cada uno de los participantes. Con su mirada el profesor y la mujer (que aún no se había presentado) nos invitaron a abrir la caja y probar el producto. Se trataba de una crema. Aparentemente, de acuerdo a lo que nos contaban mientras la examinábamos, era una crema capaz de curar cualquier herida, un producto capaz de sanar cualquier cicatriz y calmar cualquier picazón. Una vez que la probamos quedamos todos asombrados. Jamás habíamos conocido un ungüento tan pegajoso. Daba la sensación de que tendríamos que ir a bañarnos para poder sacarlo de nuestras manos.
Comenzó una situación completamente disparatada. Mientras algunos de nosotros tratábamos en vano de limpiarnos la crema milagrosa, otros trataban de escapar directamente de la sala llevándose todo por delante. Había algo en el producto. Algo que no estaba claro. Una sustancia que a algunos les hacía mal y a otros no. La situación se tornó completamente sospechosa cuando una vez que se fueron los primeros los mozos / hombres con bandeja cerraron las puertas de la sala por dentro. Con llave. Ya no había duda para los que quedábamos dentro. Estábamos en una circunstancia atípica, incómoda y peligrosa.
El excéntrico profesor cambió de posición en su silla y cedió la palabra a la mujer que había entrado con él con un gesto de su mano. La señora acomodó sus papeles en la mesa y comenzó a hablar sin parar sobre lo que había sucedido hacía momentos. Nos explicó que la crema era en realidad un resaltador de actitudes personales. Que aquellos que se habían sentido urgidos a irse eran demasiado honestos, transparentes. Que quienes nos habíamos quedado en nuestro lugar, sin ninguna comezón habíamos sido seleccionados para comenzar un nuevo experimento. En ese instante, las puertas se abrieron y entraron otras personas con nuevas bandejas. Frente a cada uno de nosotros depositaron una foto. Era la foto de a quién debíamos engañar, nos explicaron. Era la foto de nuestro contacto al cual debíamos vender la crema milagrosa.
El plan de nuestros anfitriones era distribuir la crema por toda la ciudad. Dejando de su uso fuera marcando quiénes eran dignos de confianza y quiénes no. El producto solucionaba una primera necesidad. Querían crear una colonia en las afueras con personas honestas, querían que juntas pudieran armar una comunidad y querían estudiarlas para ver cómo llevarían a cabo su vida sin mentiras. Para eso necesitaban hacer esa selección. La comunidad sería parte de un reality show oculto, que sería visto sólo por antropólogos y sociólogos. Sería el primer programa de TV producido para académicos. Era un nicho que aún no estaba explotado y muchos productores estaban dispuestos a poner dinero con este fin.(Continuara )
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