La milagrosa (Parte 2)
Habían pasado dos semanas ya y aún no tenía el coraje de salir a encarar a la persona que le había tocado en la foto. Sabía que se llamaba Ángela y que tenía 27 años. En su ficha personal decía que había estudiado varias carreras sin terminar ninguna. Que alquilaba un departamento. Que tenía un perrito al cual amaba y que adoraba ir al teatro. Según estaba escrito Ángela no pasaba una fin de semana sin que fuera a una función. Esa, según lo había analizado con su coordinadora de misión, era la oportunidad ideal para encararla y lograr que probara la crema.
El testeo de la crema era algo realizable. El tema era, una vez que se confirmara el efecto, convencerla para que aceptara ir a la comunidad. Ahí estaba la dificultad. Hacerle entender a una persona normal, con su vida organizada, la conveniencia de dedicarle un tiempo a esta nueva experiencia. Explicarle las posibles aplicaciones que tendría el estudio y como los fondos recaudados por la televisación y la publicidad serían utilizados para ayudar a comedores infantiles de todo el país. Ese era el gancho más humano y altruista. El que apelaba al costado solidario de las personas seleccionadas.
Llegó el viernes y se preparó para la acción. Se vistió casual pero no desprolija. Su look era confiable. Al menos eso pensaba. Ella, como persona no tan transparente (según el testeo de La milagrosa) debía camuflarse para parecerse a los otros. A los buscados. A los que necesitaban para el gran experimento.
Ver teatro todas las semanas debe tener consecuencias graves porque la obra que presenció fue atroz. Lo peor del teatro Under:desnudos, sexo y orgasmos. Todos los ingredientes que debia tener una obra de este siglo. En el intermedio se puso a hablar con Ángelica en forma casual. La barra de tragos y la penumbra favorecieron el intercambio y la empatía. Logró iniciar conversaciones, como decía su instructora.
Tan buena onda surgió en ese primer acercamiento que cuando salieron, y llovía, decidieron irse a comer pizza juntas al restaurant de la esquina. Cada vez se acercaba más el momento temido y anhelado al mismo tiempo. Cuando terminaron de comer la grande de muzzarella y la cerveza que habían pedido siguieron charlando de libros, pero llegó un punto en que ya no quedaba nada por decir.
Fue ahí cuando sacó la crema, y en forma muy inocente, se la colocó en la mano. Como era de esperarse Ángelica se quedó muy quieta en su asiento. Había pasado la primera prueba. Era confiable. (continuará)

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